Crónicas familiares y otros relatos

Siquiendo los pasos de nuestro amigo Manuel García Fincias algunos tabareses quieren contribuir con ciertos relatos de familia y anécdotas u otras historias que conocen, y parece ser que se están animando a escribir y desean compartirlo con los lectores de este blog. Al ser éste un espacio abierto para la divulgación de la cultura tabaresa y su historia, no puedo por menos que ir publicándolos -pues aquí tienen su más que merecida cabida- conforme vayan llegando, bien directamente a mi email, bien por otros medios, y animo a aquellos que quieran secundar dicha propuesta que sólo ha de enriquecernos y añadirá un granito más a la recuperación, conservación y difusión de nuestra cultura y legado.

Ahí va un fragmento del primero, pero su documento completo se puede ver pinchando en el icono de pdf.

Pedro Alonso Palacios. CAPÍTULO II

Autor: Pedro Alonso Amaro
Relato de la familia Alonso de San Lorenzo de Tábara (ZAMORA) >>

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CAMPANADAS EN EL CORAZÓN

Mi padre me contó que un día, siendo él niño...

Qué largas son las noches pasados los ochenta. Y mucho más largas aún las noches de invierno.

Noches atrás, cansado de dormir -¡o de vivir cansado una pesadilla!- me desperté; o puede que lo hiciera mi decrépito carraspeo, o el frío de mi cuerpo -¡semejante al de aquella noche!-, o tal vez las campanadas del reloj –hermanas de aquéllas que entonces oí y hoy volvía a escuchar mientras dormía-.

Tenía diez años, todo el valor que corresponde a esta edad y pocas chichas; tal vez por esto, a la hora de sacar fuerzas de flaqueza, me sobrara de donde hacerlo. Corría el mes de enero, del mismo modo que las aguas corrían por doquier a causa de las lluvias; pues, sin intermitencia, llovía desde hacía varios días. Empezaba a oscurecer y, no sin trabajo, arreábamos el ganado hacia el corral, situado en la Valina, el pastor y yo (zagal por aquel entonces en casa del abuelo materno de Juan Villalón, Antonio Fincias). Era la época de parir las ovejas y por ello la marcha resultaba más lenta y entrañaba más dificultades; pues raro era el día que, como aquél, no parían varias, y aunque algunos corderillos –hijos de la miseria- nacían ya muertos, o morían a poco de nacer, y eran abandonados a los lobos; con los vivos habríamos de cargar a hombros y continuar hacia el corral aquella marcha, al paso marcado por las esquilas de las ovejas, sus balidos tristes y el berreo lastimero de los corderillos. Pero antes de llegar, en el camino, nos sorprendió la noche –esa hada mala para cualquier zagal de diez años- y yo, además, tenía que volver a dormir a mi casa del arrabal; cosa que, en el silencio de la noche y su oscuridad, me resultaba más costosa que todo el trabajo de un día de cuidar ganado. Encerrado el rebaño, me despedí del pastor y emprendí el camino; cuando... a menos de un kilómetro, empecé a notar el agua a la altura de mis rodillas; “sin duda –pensé- estoy atravesando algún regato”; pero seguí andando y cada vez el agua me llegaba más arriba -como cada vez la noche se me antojaba más oscura-. Comprendí entonces que todas las lluvias caídas días atrás habían anegado aquella hondonada, convirtiéndola en una laguna, y yo... seguía andando (hubiera dado la vuelta, pero no estaba seguro de encontrar el camino de regreso), y ya me llegaba el agua a la cintura, cuando advertí que estaba pisando sobre guijarros, esta vez los de un regato de verdad; a continuación noté la tierra más blanda y, poco a poco, cada vez más marcado, empecé a oír el chapoteo de mis chanclos al andar: había logrado salvar el peligro; pero ¿dónde me encontraba? En vano busqué el camino; así que, entre jaras, urces y carrascas, seguí andando, andando, andando. Cesó al fin de llover. Un cuerno le vi a la luna por entre dos nubes. “Cuando la luna tiene cuernos de gavilucho –recordé- llueve mucho, no llueve nada o queda el tiempo como estaba.” Y fue este airoso recuerdo el hito de esperanza que me obligaba a hacer un alto para orientarme de nuevo. Y en ese preciso instante, a través de la noche, llegaron hasta mí las campanadas del reloj de la plaza, dispuestas a indicarme el camino; consecuentes, segundos después me repetían su llamada. Eran las siete. A poco, la complaciente luna me permitía ver a mis pies las tierras de la Chanica y, más adelante ya, el tejar y las primeras casas de San Lorenzo; pero hasta no llegar a la mía, al lado de mis padres y hermanas, no arranqué a llorar.

Han transcurrido setenta y cinco años y he oído muchas campanadas desde aquel día; pero, en las que la otra noche me despertaron, reconocí a las mismas de aquella vez: campanadas propicias que, a punto de salvar esta bajura anegada en lágrimas, venían a indicarme el verdadero camino.

Fue, por fin, el amanecer quien me trajo consigo el sueño, y ya llevaba el sol varias horas paseándose por las calles del pueblo cuando me desperté. Nada más levantarme, salí a la puerta de casa y alcé la vista hacia el reloj de la torre; contemplé primero su esfera y, un poco más arriba, su campana. ¡De qué forma tan fortuita me encontré mirando al cielo!

Y mientras la radiante y cálida mañana de enero trataba de levantar mi ánimo y borrarme de la mente aquella pesadilla, de nuevo el reloj, con sus campanadas, vino a poner triste música de fondo a mis meditaciones.

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